Desde 2024, una iniciativa invita a recorrer por las noches el Bosque Protector Jerusalem para descubrir sus sonidos, aromas, constelaciones y formas de vida, y conectar con una naturaleza que se revela de manera diferente bajo la oscuridad.
A una hora de Quito, en Malchinguí, cantón Pedro Moncayo, el Bosque Protector Jerusalem conserva uno de los pocos ecosistemas de bosque seco andino del país. Tiene 1 350 hectáreas y pertenece a la Prefectura de Pichincha desde 1980. Algarrobos, cholanes, molles, pencos, cactus, bromelias y otras especies adaptadas a este ambiente conviven con aves, murciélagos y mamíferos como el lobo de páramo. Sus senderos, áreas recreativas, camping y otras actividades permiten conocer el bosque durante el día; pero cuando cae la noche, el paisaje cambia y ofrece otra forma de habitarlo.

Caminatas nocturnas
La temperatura desciende, las aves anuncian el final de la tarde y, poco a poco, las fogatas de quienes acampan empiezan a iluminar el entorno. El ruido también disminuye. Es entonces cuando el bosque invita a bajar el ritmo y, la administración del lugar, se acerca a cada tienda, para invitar a los visitantes a ser parte de un recorrido nocturno de 90 minutos.
El recorrido comienza en la oscuridad, sin linternas ni celulares. Los ojos y el cuerpo necesitan y pueden adaptarse. Para Markos Trostky Muñoz, técnico del bosque y guía de estas experiencias, ese proceso es parte de la caminata. “No es lo mismo el bosque de día al bosque de noche”, explica. La oscuridad, dice, no debería asociarse únicamente con el miedo: “la oscuridad es protección”. Caminar acompañado ayuda a recuperar la sensación de pertenecer a una “manada”, donde la seguridad depende del otro.
Interpretar el bosque
Más que enumerar especies y datos, Markos propone una interpretación ambiental. Tiene información sobre murciélagos, búhos, plantas y adaptaciones del bosque, pero la comparte según lo que ocurre en el recorrido y acorde a las personas que lo integran. Así, la experiencia puede incluir sonidos, aromas, constelaciones, estrellas fugaces o encuentros inesperados con la vida nocturna. El propósito es que el visitante no solo acumule datos, sino que salga mirando de otra manera.
Esa mirada también permite comprender la singularidad del bosque seco. Aquí la vida se sostiene mediante relaciones y adaptaciones construidas durante millones de años. Para Markos , “el bosque es más que árboles”. El bosque es relaciones, es adaptaciones, como la hoja que evoluciona a espina para evitar ser quemada por el sol”. Conocerlas despierta curiosidad, pero también una pregunta sobre nuestra propia relación con el entorno. En niños, la experiencia puede convertirse en una oportunidad para perder el temor a la oscuridad y descubrir que la naturaleza no es un escenario, sino un sistema del que formamos parte.

Normas para disfrutarlo
Para vivir esta experiencia, primero hay que respetarla. El bosque no permite mascotas, bebidas alcohólicas ni parlantes, y existen restricciones para el uso de fuego. La basura debe regresar con el visitante. No son simples prohibiciones: el ruido puede alterar a la fauna y una chispa puede comprometer un ecosistema especialmente sensible.
Por eso, visitar Jerusalem también implica preguntarse qué llevamos al bosque y cómo nos comportamos en él. “Tú cuidas lo privado, pero lo público que se lo lleve la fregada”, cuestiona Markos . El desafío es invertir esa lógica: entender que los espacios naturales y públicos nos pertenecen. Al final, quizá esa sea la lección de esta experiencia: comprender que el territorio es una extensión de nosotros y nosotros una extensión de él, por lo que su equilibrio también es el nuestro.