Quilotoa: un lugar para repetir

Quilotoa: un lugar para repetir

Quilotoa: un lugar para repetir

La laguna del Quilotoa es uno de los lugares más visitados del país. Su pasado como volcán activo y sus aguas turquesas regalan una de las postales más bellas del Ecuador. Conoce la variedad de rutas y aventuras que tiene este milagro de la naturaleza.

Hace 800 años, en la que hoy conocemos como provincia del Cotopaxi, el volcán Quilotoa erupcionó de manera colosal. El desplome de su forma cónica dio lugar a una enorme caldera de tres kilómetros de ancho que se fue llenando con las lluvias de centenares de años. 

El color de sus aguas se debe al reflejo de la luz solar sobre los minerales disueltos que el propio Quilotoa inyecta desde su interior, pues sigue siendo un volcán, uno dormido por ahora. 

Para llegar a este destino hay que partir desde Latacunga. El camino está señalizado y casi todo latacungueño sabe dar indicaciones. Después de una hora y media de trayecto se llega a Zumbahua, una pequeña comunidad que se encarga de administrar el turismo de la zona. Sus habitantes hablan poco español y viven de ofrecer servicios de parqueadero, comida, transporte (en mulas) y hospedaje.

Contemplar la laguna por primera vez es una experiencia hipnótica. Se la aprecia desde un mirador en el borde del cráter o durante todo el descenso a la orilla. Esta laguna-volcán no siempre fue un atractivo turístico, los comuneros de la zona trabajaron durante un año con picos y palas para trazar el camino que hoy miles de visitantes utilizan. 




El nombre Quilotoa proviene del quichua Quiru (diente) y Toa (princesa o reina), haciendo alusión a la forma dentada que tienen las crestas que rodean la laguna.

Cuando se llega a la orilla, después de un descenso de 30 minutos, la actividad principal que se ofrece a los turistas es el kayak. Las decenas de remos y botes alineados sobre la playa de la laguna son parte del paisaje. Con un buen estado físico y un compañero comprometido, se puede remar hasta el otro extremo de la laguna. 

El verdadero reto para quienes visitan este sitio es salir de él. El camino de regreso es empinado, toma alrededor de 50 minutos y se dificulta según la intensidad y posición del sol. Hay quienes, a pesar de las críticas por el trabajo animal, sucumben a su cansancio y alquilan una mula por 10 dólares para que transporte su equipaje o a ellos con su equipaje. Los 3 929 metros sobre el nivel del mar también son un factor a tener en cuenta, sobre todo para los turistas de la costa. 

También hay quienes deciden dejar la subida para el día siguiente. Acampar junto a la laguna es posible y está permitido con dos reglas sencillas: no ingresar bebidas alcohólicas y llevar la basura de vuelta. El lugar está cercado por montañas que bloquean las fuertes corrientes de viento. Si el cielo está despejado, se pueden observar constelaciones, es un sitio ideal para realizar astrofotografía.





La temporada de Vía Láctea en Ecuador va de febrero a octubre, pero los meses de junio, julio y agosto son los mejores. En esta época, el núcleo galáctico se alinea perfectamente sobre el agua y las noches son más despejadas.

La noche del Quilotoa también se puede disfrutar en el pueblo situado en el borde del volcán que, con su arquitectura rústica, mantiene la mística del lugar. La gastronomía local basada en sopas, granos, papas y carne reconforta y abriga el cuerpo. En el poblado, el frío sí es uno de los protagonistas, se registran temperaturas de hasta 6 °C, por lo que las chimeneas dentro de las habitaciones son un detalle que se agradece. 

Otra de las formas de conocer la laguna es rodeándola desde lo alto. El sendero que circunvala por completo el cráter es de tierra y pastizales; tiene una distancia de 12 kilómetros. Se le considera de dificultad moderada debido a las empinadas subidas y la altitud, completarlo requiere entre cuatro y seis horas de caminata. La ruta ofrece vistas panorámicas del lugar desde distintos ángulos del borde. Es una experiencia retadora para aquellos que disfrutan del trekking y de correr en montaña.  

El Quilotoa Loop

Para quienes buscan una inmersión aún más profunda en este paisaje andino, el cráter no es el final del viaje, sino el corazón de una travesía mayor: el Quilotoa Loop. Se trata de una famosa ruta de senderismo autoguiada que conecta la laguna con pintorescos pueblos como Chugchilán, Isinlivi y Sigchos, a través de una red de caminos que bordean el cañón del río Toachi. 

El circuito completo abarca unos 40 kilómetros y suele realizarse en tres o cuatro días, caminando de pueblo en pueblo y alojándose en hostales locales por alrededor de $20 a $30 por noche. La dirección más recomendada para realizar el trekking es de norte a sur, partiendo desde Sigchos, lo que permite una aclimatación a la altitud antes de coronar el premio mayor. 

Aventurarse en el Loop requiere tanta preparación como respeto por la montaña. Debido a que el clima en los Andes es cambiante, es indispensable vestir en capas con prendas impermeables y abrigadas, además de llevar suficiente dinero en efectivo, ya que los cajeros automáticos no existen en estas comunidades. Finalmente, aunque la ruta está marcada por el paso de los comuneros, descargar mapas digitales para usar sin conexión a internet evitará cualquier extravío en las bifurcaciones.

Más allá de su geografía imponente, el Quilotoa está impregnado de una profunda cosmovisión andina que se respira en el aire. Para las comunidades quichuas que custodian el cráter, la laguna no es un simple cuerpo de agua, sino un espacio sagrado donde habitan deidades antiguas, leyendas de cóndores enamorados y batallas míticas entre el dios Quilotoa y el río Toachi. Esta conexión espiritual se entrelaza con el día a día de sus habitantes, quienes visten con orgullo sus ponchos coloridos y mantienen vivas tradiciones ancestrales. 





Las lágrimas del Cotopaxi

Cuenta una leyenda que el volcán Cotopaxi se enamoró perdidamente de la Mama Tungurahua. Cuando ella lo rechazó para quedarse con el Taita Chimborazo, el Cotopaxi lloró con tanta tristeza que sus lágrimas corrieron por la cordillera hasta acumularse en una caldera inmensa, dando vida a la laguna.

Visitar el Quilotoa es comprender que un mismo paisaje puede ofrecer un abanico de vivencias. Es el desafío físico para los amantes del trekking que recorren el Loop o los doce kilómetros de su cumbre; es la paz contemplativa de quien rema en kayak sobre aguas azules o captura constelaciones en una noche estrellada; y es también, un viaje de reconexión cultural a través de la calidez de su gente. Este volcán no es solo un destino de paso, el Quilotoa es, sin lugar a dudas, un lugar para repetir.

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