miércoles 29 de abril de 2026

El juego rudo es cosa de papás 

El juego rudo es cosa de papás 

El juego rudo es cosa de papás 

Estudios neuropsicológicos revelan que jugar rudo con tu hijo moldea positivamente su conducta. Descubre los beneficios de esta dinámica para niños y niñas.

Los niños que juegan de manera “intensa” con sus padres presentan una mayor capacidad para controlar la agresividad y registran niveles más bajos de hiperactividad. Así lo determinaron estudios de la Universidad de Cambridge, que entre 2020 y 2025, siguieron a niños que jugaban físicamente con sus padres desde edades tempranas. 

Por “juego rudo” se entiende como la interacción física que combina elementos de lucha, persecución, fuerza y contacto corporal, realizada siempre en un contexto de juego y afecto. Aunque puede parecer agresivo, se trata de un acto instintivo que cumple una función evolutiva. Se diferencia de la agresión real por un factor clave: la intención es la diversión y el aprendizaje, no el daño.

A diferencia del juego más pausado o simbólico de la figura materna, el estilo paterno tiende a ser activador, ya que estimula el cerebro del niño de forma distinta. La interacción genera conexiones neuronales que mejoran la memoria, el aprendizaje y la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones. 



¿Qué aprende el niño a través de esto?

Desde la neuropsicología, el juego rudo es un gimnasio para el desarrollo socioemocional:

  • Lectura de señales: el niño debe aprender a leer el lenguaje corporal. Si el padre pone cara de dolor, el niño debe detenerse. Esto entrena la empatía.
  • Gestión de la frustración: en el juego se gana y se pierde rápido. Aprender a perder sin «explotar» es una lección de disciplina vital.
  • Respetar límites: se establecen reglas como «no valen patadas» o «si digo ‘ya’, paramos». Esto enseña que incluso en momentos de máxima diversión, existen normas.

Desarrollar confianza 

La confianza no nace de decirle al niño «tú puedes», sino de que el niño pruebe su eficacia en el mundo físico. Al luchar con su padre, el niño descubre de qué es capaz su cuerpo. Esa sensación de competencia física se traduce en autoconfianza psicológica.

El padre suele incentivar al niño a ir «un paso más allá» (saltar más alto, aguantar más en la lucha). Esto enseña que el riesgo no es algo que deba evitarse, sino algo que se puede gestionar.



Desarrollar disciplina 

En el momento de mayor euforia, si el padre dice “ya basta”, el niño debe detenerse de inmediato. Esto entrena al cerebro para frenar un impulso. Un niño que puede controlar su risa y su fuerza, tendrá más facilidad para frenar impulsos como gritar o pegar.

Si el niño lastima a propósito, el juego se termina. El menor aprende que para disfrutar del beneficio social del juego, debe seguir las normas de convivencia. 

En el juego, a veces el niño gana y a veces pierde. Aprender a seguir las reglas incluso cuando se está perdiendo es la base de la integridad y el sentido de justicia.

Los padres que juegan con sus hijos liberan más oxitocina (la hormona del amor), fortaleciendo el vínculo afectivo. 

Cómo jugar rudo

Muchos padres emplean la mayor parte de su energía en sus trabajos y llegan fatigados a casa. Sin embargo, un análisis de la psicóloga e investigadora Jennifer StGeorge revela que sesiones de solo 5 a 10 minutos diarios de juego intenso son suficientes para fortalecer el vínculo y la regulación emocional.

Los beneficios del juego se maximizan cuando el padre actúa como un «compañero dominante pero sensible». Si el progenitor deja que el niño gane siempre, el hijo no aprende a manejar la frustración; si el padre es demasiado agresivo, el niño se asusta. El equilibrio es la clave. Algunos ejemplos de juego rudo son: 

  • Luchitas: rodar por el suelo, intentar inmovilizar o zafarse de un abrazo.
  • El avión: movimientos que desafían la gravedad y el equilibrio.
  • Persecución: juegos de correr y atrapar.
  • Cosquillas: una forma de contacto que genera una respuesta de risa y alerta.

Una madre que ve a su hijo y a su esposo riendo en el suelo, ríe también. Este acto, que parece solo un juego, tiene el poder de construir un entorno ideal y deja una huella fisiológica y cognitiva que acompañará a tus hijos por el resto de su vida. 

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