Niños y azúcar: cómo encontrar el equilibrio 

Niños y azúcar: cómo encontrar el equilibrio 

Niños y azúcar: cómo encontrar el equilibrio 

El consumo de azúcar en la infancia genera inquietudes constantes en los padres. Adriana Jijón, especialista en nutrición pediátrica, explica por qué prohibirlo no es la solución y cómo se puede regular su consumo desde la infancia.

El azúcar añadido está presente en la mayoría de productos procesados y ultraprocesados. Aunque su consumo se ha normalizado, esto no debería generar tranquilidad, especialmente cuando se trata de la alimentación infantil.

Además de su relación con caries, obesidad y otras enfermedades crónicas, el consumo excesivo de azúcar desde edades tempranas puede influir en el desarrollo cerebral, el aprendizaje y la memoria. Por ello, en este artículo, la nutricionista pediátrica Adriana Jijón, nos explica cómo impacta el azúcar en los niños y de qué manera puede regularse su consumo sin afectar la relación con los alimentos.



Azúcar natural vs. azúcar refinada

Cuando se trata de azúcar, existen diferencias importantes que es necesario conocer. Por un lado, está el azúcar refinado o añadido, que pasa por un proceso de industrialización en el que pierde parte de los compuestos presentes en la planta. Por otro, está el azúcar que se encuentra de forma natural en alimentos como frutas y lácteos, que forma parte de una matriz alimentaria que también aporta fibra, vitaminas y minerales.

Según Adriana, “esta diferencia es clave porque la fibra ayuda a ralentizar la absorción de los azúcares y evita que la glucosa en sangre aumente de forma abrupta”. Por eso, comer una fruta entera no tiene el mismo efecto que beber un jugo. La naturaleza nos entrega la fruta completa, la cual, además de la fructosa, aporta fibra, vitaminas y minerales, favorece el tránsito intestinal y genera mayor saciedad. 

Entender estas diferencias permite identificar de mejor manera qué tipo de azúcar conviene limitar en la alimentación diaria.

¿Por qué evitar el azúcar en la infancia?

Durante la infancia existen etapas importantes del desarrollo, especialmente los primeros dos años de vida y la etapa escolar. En cada una de ellas, el consumo de azúcar puede tener efectos distintos. 

Las principales entidades pediátricas, como la Organización Mundial de la Salud, la Asociación Americana de Pediatría y la Asociación Española de Pediatría, coinciden en lo mismo: evitar por completo el azúcar añadido durante los primeros dos años de vida. “Los primeros mil días son claves para el desarrollo futuro. Lo que ocurre en este periodo puede influir en la aparición de enfermedades en la vida adulta”, señala Adriana.

En los primeros años, el cerebro está en pleno desarrollo, por lo que es más vulnerable a una alimentación poco saludable. Según Adriana, “la evidencia científica respalda que el consumo elevado de azúcar puede asociarse con síntomas como irritabilidad, déficit de atención, hiperactividad y dificultades de memoria y concentración”. En la etapa escolar, estos efectos también pueden repercutir en el aprendizaje. Por lo que, después de los dos años, no significa que el azúcar pueda consumirse sin control. 



¿La miel o el azúcar morena son mejores opciones?

Cuando consumimos azúcar añadido, los niveles de glucosa en sangre aumentan rápidamente. Como respuesta, el organismo libera insulina para transportar esa glucosa hacia las células y mantener el equilibrio. “Estas variaciones rápidas en los niveles de glucosa no son las más beneficiosas para el organismo, especialmente cuando el consumo de azúcar es frecuente”, asegura Adriana.

Sin embargo, esto no solo ocurre con la azúcar blanca. Según la especialista, “la azúcar morena, la miel, el azúcar de coco y los jarabes también elevan la glucosa en sangre. Aunque algunos de estos productos puedan aportar otros nutrientes o compuestos antioxidantes, eso no significa que se puedan consumir sin moderación”.

Por lo que, en lugar de recurrir a cualquier tipo de azúcar añadido, se recomienda optar por alternativas que permitan aportar dulzor de forma más natural a las preparaciones. Algunas opciones son el banano deshidratado en polvo, los dátiles, la estevia o el fruto del monje, entre otros. 

¿Los edulcorantes son una buena alternativa?

Aunque los edulcorantes no calóricos de origen artificial suelen utilizarse como sustitutos del azúcar, tampoco se recomiendan como una opción habitual para los niños pequeños. 

Adriana afirma que, “durante los primeros mil días de vida, el organismo atraviesa una etapa fundamental de desarrollo que incluye la formación de la microbiota intestinal”. Algunos estudios sugieren que el consumo frecuente de determinados edulcorantes artificiales podría alterar el equilibrio de la microbiota, la cual participa en la maduración del sistema inmunológico y mantiene una estrecha relación con el eje intestino-cerebro. 

En algunos niños, esta alteración puede manifestarse con síntomas como distensión abdominal, dolor de barriga o malestar digestivo, mientras que en otros no se presentan molestias evidentes. “Que un alimento no produzca síntomas inmediatos no significa que sea favorable. Los efectos de la alimentación suelen observarse a largo plazo y dependen de la frecuencia de consumo y de los hábitos alimentarios en general”, señala Adriana.

Por ello, se recomienda evitar el uso habitual de edulcorantes artificiales en la alimentación infantil y priorizar alimentos frescos y poco procesados. Cuando sea necesario aportar dulzor a una preparación, es preferible recurrir a alternativas naturales acordes con la edad del niño y seguir las recomendaciones de un profesional de la salud.

Cómo leer las etiquetas 

Pese a los esfuerzos que se realizan, “en la actualidad es muy sencillo sobrepasar las cantidades recomendadas de azúcar añadido, por lo que revisar las etiquetas de los productos que se consumen debe convertirse en un hábito”, menciona la especialista.

Si bien las entidades pediátricas recomiendan limitar el consumo de azúcar añadido —no más de 10 gramos al día entre los dos y los cinco años, y no más de 25 gramos diarios a partir de los seis años—, en la práctica estas cantidades pueden superarse con facilidad.

Para identificar cuánta azúcar aporta un producto, es importante revisar dos elementos de la etiqueta: la tabla nutricional y la lista de ingredientes

  • En la tabla nutricional podrás verificar cuántos gramos de azúcar contiene cada porción. Por ejemplo, un producto puede indicar que una porción de 20 gramos aporta siete gramos de azúcar, o señalar la cantidad total de azúcar que contiene todo el envase. 
  • En la lista de ingredientes, estos aparecen ordenados de mayor a menor cantidad. Por ello, si el azúcar figura entre los primeros lugares, significa que el producto contiene una proporción importante. Si, en cambio, de 10 ingredientes el azúcar aparece en el noveno lugar, puedes ser un poco más flexible y elegir las opciones que mejor se adapten a la nutrición de tu hijo.


“Por supuesto, los padres no pueden estar calculando cuánta azúcar tiene cada alimento, pero revisar las etiquetas sirve como una guía para conocer cuánto se está consumiendo y establecer límites, especialmente cuando se trata de las loncheras escolares, que forman parte de la rutina de lunes a viernes”, explica Adriana.




Alternativas saludables 

A partir de la lectura de etiquetas, es posible identificar qué productos contienen un mayor aporte de azúcar y hacer ajustes en las elecciones diarias de los niños. Al preparar las loncheras o refrigerios, muchas veces se incluyen alimentos que aportan más azúcar de la que parece. Por eso, vale la pena optar por alternativas saludables:

Productos con alto contenido de azúcarAlternativas saludables
Jugos, bebidas saborizadas y gaseosasAgua saborizada, agua con rodajas o pedazos de fruta, agua de coco, yogur natural sin azúcar, leche o bebida de almendra y leche de coco. 
Galletas, cakes y otros productos de pasteleríaFruta fresca, chips de fruta deshidratada sin azúcar añadido, panes de yuca o frutos secos, entre otros, siempre y cuando la edad del niño lo permita. 

Prohibir no es la solución 

Fomentar una buena relación con los alimentos desde la infancia es fundamental. Si un niño ya consume azúcar, eliminarlo de forma brusca no siempre es la mejor estrategia. Según Adriana, “el enfoque debe centrarse en la flexibilidad y en la educación alimentaria, no en la prohibición absoluta”.

Cuando consumimos azúcar, a nivel cerebral se activa un sistema de recompensa que favorece la sensación de bienestar. Esto puede hacer que, con el tiempo, el niño desarrolle una mayor tolerancia. Adriana afirma que, “al principio le basta una galleta, pero luego quiere dos, tres o más. Por eso, aunque muchos padres piensen que ofrecer un dulce de vez en cuando no representa un problema, es común que el niño empiece a pedirlo con mayor frecuencia”.  

Lo más recomendable es elegir para el día a día productos con la menor cantidad posible de azúcar añadido. Hoy existen muchas alternativas, como fruta, yogur natural sin azúcar, frutos secos —cuando la edad lo permita—, o fruta acompañada de mantequilla de almendras. Son opciones prácticas que ayudan a disminuir la exposición al azúcar y, con el tiempo, también el deseo constante de consumirla.

De esta manera, los dulces pueden reservarse para ocasiones especiales, como un cumpleaños o una celebración, sin que el niño sienta la necesidad de seguir consumiéndolos de forma continua. Es esencial complementar este enfoque con decisiones más conscientes al momento de elegir los alimentos diarios, sobre todo aquellos que responden a colaciones o snacks durante el día. 

El ejemplo empieza en casa

Construir una relación saludable con los alimentos es una tarea de toda la familia. Los niños aprenden observando, por lo que los hábitos de los adultos influyen directamente en su forma de comer.

“Es importante ser el ejemplo. No podemos pedirles a los niños que coman saludable y dejen el azúcar mientras nosotros consumimos alimentos ultraprocesados. Los hábitos deben construirse en familia y ser coherentes con lo que queremos enseñarles”, explica la especialista. 

A su vez, se recomienda evitar utilizar los alimentos como premio o castigo. En su lugar, se puede hablar de sus beneficios de una manera positiva y reservar los dulces para ocasiones especiales, como un momento para compartir en familia, sin etiquetarlos como alimentos “buenos” o “malos”.

Sin importar la edad, el azúcar añadida no aporta beneficios al organismo, por lo que estos cambios en casa pueden contribuir a una mejor salud para toda la familia y a un bienestar integral a largo plazo.

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