Siguiendo la Ruta del Sol en Manabí, a 10 minutos de Puerto López, Los Frailes se revela entre aguas cristalinas, arena compacta y olas que animan a entrar.
En las playas del Ecuador, el tiempo parece transcurrir más despacio, acompañado por aguas templadas y largas franjas de arena. Pero en Manabí, hay una playa que invita a bajar el ritmo, observar el paisaje y sentir el océano incluso antes de tocar el agua.
Ubicada en el Parque Nacional Machalilla, Los Frailes deja claro desde el ingreso que la naturaleza es la verdadera protagonista. Cada recorrido implica una convivencia respetuosa con este ecosistema frágil, donde el control diario del número de visitantes forma parte de las medidas que permiten conservar el entorno.
Quizás por ello, Los Frailes fue nombrada la mejor playa del Pacífico en 2025 por el Ranking de las “Mejores Playas” del Centro Internacional de Formación para la Gestión y Certificación de Playas (CIF Playas) y la Red Iberoamericana Proplayas, luego de una evaluación entre más de 200 playas de 11 países. Aquí se disfruta del sol, del mar y de la tranquilidad, pero también se comprende lo que implica visitar este lugar.
Llegar a Los Frailes ya forma parte de la aventura. Al encontrarse dentro del Parque Nacional Machalilla, un área protegida, la experiencia comienza mucho antes de pisar la arena.
Muy temprano, antes de salir, alisto mis cosas: agua en un termo, una toalla y bloqueador solar son indispensables en mi mochila. Subo al auto y me dirijo a mi destino. La ruta se me hace ligera y, aunque son las siete de la mañana y el sol ya golpea con fuerza, no me siento cansada. Lo que sí siento es emoción: el mar me llama.

La entrada a Los Frailes es gratuita, pero si vas en auto propio deberás pagar parqueadero.
El camino avanza entre la vegetación y, de pronto, aparece un letrero: “Bienvenidos al Parque Nacional Machalilla”. Unos minutos después, llego a la zona de ingreso. En la garita de control, una persona recibe a cada visitante, registra sus datos, verifica que no lleve alimentos, parasoles ni parlantes y recuerda una regla sencilla: “todo lo que entra contigo debe salir contigo y no puedes llevarte nada de la playa”. El proceso toma apenas unos minutos, pero deja claro que este no es un acceso cualquiera.
Mientras espero mi turno, observo cómo cada grupo recibe las mismas indicaciones. Además, el aforo diario de visitantes está limitado para proteger este ecosistema y evitar el impacto del turismo masivo. Gracias a estas medidas, Los Frailes conserva senderos cuidados, una playa libre de basura y una tranquilidad que parece cada vez más difícil de encontrar.
El mar no aparece de inmediato, unos kilómetros de camino entre vegetación de bosque seco nos separan, como si la naturaleza quisiera prolongar mi expectativa antes de revelar el paisaje. Mi pareja —que también es mi guía— me explica que Los Frailes no es solo la playa, sino todo el entorno que la rodea: el bosque seco tropical y las especies que se han adaptado a la sequía, el palo santo, el cactus, el muyuyo —un arbusto de flores amarillas— y los famosos ceibos.

El reconocimiento como Mejor Playa 2025 que recibió Los Frailes tuvo un enfoque ambiental, científico y social. Más de 70 expertos, desde oceanógrafos hasta gestores públicos, participaron en esta evaluación.
De un instante a otro, como si un telón se abriera frente a mí, la playa aparece ante mis ojos invitándome a entrar. La arena, suave y de un blanco claro, se cuela entre mis dedos como si yo también formara parte del paisaje. Un calor abrasador y una brisa tenue acompañan cada uno de mis pasos hacia el mar color azul turquesa. Es imposible no sentirse en un paraíso…
Tal vez el nombre de Los Frailes tenga relación con la particular forma de la playa. A lo lejos, su silueta de media luna es casi imperceptible si no te detienes a observar, aunque desde los miradores resulta mucho más evidente. Según los relatos locales, esta forma, similar a una herradura, recordaba el corte de cabello que utilizaban los frailes, lo que habría dado origen a su nombre. Otras versiones lo atribuyen a la presencia de religiosos durante la época colonial o a una planta conocida como “ovo fraile”, que antiguamente crecía en la zona. Sea cual sea la historia, cada una aporta un nuevo matiz a este lugar.
Y es que Los Frailes se vive desde la experiencia, pero también se cuenta desde la memoria, ya que el Parque Nacional Machalilla es un territorio que se relaciona con la cultura Machalilla, una de las culturas prehispánicas más importantes del litoral ecuatoriano. En esta zona, además de naturaleza, hay historia y una conexión profunda entre el mar y los pueblos que lo han habitado.
Me detengo unos segundos a admirar el paisaje y me dirijo al mar. Mientras las olas rompen y la fuerza crea espuma empiezo a llegar a la orilla del agua, donde otra vez me inundan las sorpresas. El agua es cristalina y veo mis pies sin problema a pesar de estar dentro. A cada paso, siento las olas y la arena, que aún continúa bajo mis pies; no se levanta ni se mezcla con el agua.
Decido hundirme por completo en el vasto océano y nuevamente caigo rendida ante este destino, que me da la oportunidad de ver, por primera vez en mi vida, pequeños cardúmenes de peces de cuatro o cinco por grupo. Se desplazan de forma coordinada frente a mí. El agua cristalina me permite observarlos; son diminutos, casi del tamaño de una uña. Apenas se distinguen si no se les presta atención, pero me hacen sentir inmensa en su mundo diminuto. Mientras los observo desaparecer entre las olas, no puedo evitar preguntarme cómo algo tan pequeño encuentra la fuerza para seguir su camino en un mar tan inmenso.
Bajo la superficie, corrientes de distintas temperaturas se entremezclan, creando una sensación tan inesperada como fascinante. Estas pequeñas corrientes marinas también hacen que el espacio se sienta irreal, como un sueño.

Las Fragatas Magníficas son también conocidas como “los piratas del mar”, ya que roban la comida de otras aves marinas como pelícanos y piqueros.
Al salir del agua, es como si no hubiese pasado el tiempo, aunque el cielo anuncia que sí. Los enormes acantilados que rodean la playa se convierten en mi vista favorita, pues en los alrededores se pueden observar aves marinas como fragatas, pelícanos, garzas y gaviotas, que sobrevuelan la costa o descansan entre las rocas, formando parte del paisaje natural de Los Frailes.
En la arena, disfruto un poco más antes de partir y logro entender por qué Los Frailes es tan especial, ya que reúne en un solo lugar playa, bosque seco, acantilados, vida marina, cultura ancestral y turismo responsable. Todo convive en equilibrio y me recuerda que la conservación también forma parte de la experiencia, dándome la certeza de que un destino que se protege bien, jamás perderá valor.
Me despido en silencio, con la arena aún en la piel y el sonido del mar siguiéndome de cerca, como si el lugar no terminara en la orilla, sino que continuara dentro de mí.