Dos expertos nos guían por el universo de Cupido: su origen y su transformación a través de la historia, el arte y el amor.
Amar hace que las emociones se sientan a flor de piel, como un vaivén de sentimientos que permite que la felicidad se desborde y que el dolor asfixie; que la soledad congele y la compañía se sienta como un abrigo en medio del caos. Todo esto forma parte del universo de Cupido, un personaje y símbolo permanente del amor. Su figura llevó a muchos a caer en la locura y, a otros cuantos, a representarlo en el arte, como una historia que espera ser descubierta por enamorados —o heridos—, que han sentido arder su corazón más de una vez.
Para explorar su origen, transformaciones y percepción actual, conversamos con Víctor Llugsha, experto en patrimonio cultural y docente universitario de la UTE, quien forma a nuevas generaciones, conjugando su trayectoria y conocimiento con la historia, los símbolos y los mensajes que, entre mitos y leyendas, han dado forma al amor en la cultura occidental.

—¿Quién es Cupido y cómo se representa en el arte?
—La respuesta rápida sería decir que es un ser mitológico. Ahí nos movemos a la tradición de la mitología del mundo clásico, griego y posteriormente romano. Partiendo del mundo griego, Eros es representado como un dios joven que encarna el amor, el deseo y lo sexual, principalmente. Después, transiciona hacia el mundo romano. Aquí cambia hacia una representación más infantilizada, más de niño. En esta relación, Cupido es el hijo de Venus, también conocida como Afrodita, según la mitología que se estudie.
Ya en el Renacimiento se da otro cambio, donde se retoma la idea de lo clásico y la figura de Cupido pasa a ser la de un niño alado, regordete, alegre y juguetón. En cada escenario se ha visto diferente, y estos tres momentos definen la historia del personaje que conocemos hoy en día. Según la forma que tome, podemos situarnos en el momento que el artista desee retratar.
—Entonces, ¿la representación artística de Cupido atraviesa distintos momentos en la historia?
—En realidad, no son distintos momentos. No es tan lineal. Sino más bien muchas cosas ocurren quizá en paralelismo, porque todo depende del artista. Según la forma que tome Cupido podemos situarnos en el momento que el artista quiere retratar. En algunas obras aparecerá como ese joven vigoroso, en otras como el niño pequeño, pero la relación no cambia, permanece, sigue ahí.
—¿Qué motiva a un artista a retratar a Cupido?
—Hay distintos temas que se pueden abordar, desde explorar el amor visto como deseo y pasión —una inspiración más cercana a la mitología clásica—, hasta apreciar una transición donde se percibe al amor desde un punto de vista moralizante: el amor que tiene peligros, el amor que puede llevar a la locura, el amor que es ciego. Por ejemplo, en el arte, cuando Cupido es representado con un vendaje sobre los ojos, se recrea la idea de que el amor es ciego. De hecho, es un recurso recurrente en varios artistas.

—¿Hay artistas que se caracterizan por retratarlo?
—En general, decir que alguien específicamente sea “el artista de los Cupido” no creo que exista. Sin embargo, sí hay artistas que han explorado a Cupido en distintas formas. En el Renacimiento, el Barroco y el Rococó encontramos artistas como Caravaggio, Vermeer, Canova, Botticelli y Rubens, quienes han representado a Cupido. Pero, hay una pintura que destaca en el Rococó, conocida como El Columpio, realizada por el artista Fragonard. Esta obra representa, quizá, la forma más básica y esencial del espíritu del Rococó. En este estilo se transmitía mucho el erotismo y la sensualidad de las clases sociales altas, las de la corona. Una sensualidad colmada de inocencia y picardía. En esta obra se retrata una escultura de cupido que, de hecho, manifiesta la esencia del personaje.
—¿Crees que Cupido volverá a retratarse en las nuevas expresiones artísticas?
—Hay una frase del escritor Mark Twain que dice: “La historia no se repite, pero rima”. Creo que eso es justo lo que nos ha demostrado la historia del arte: siempre volvemos. Volvemos a los elementos simbólicos, volvemos a los temas, volvemos a lo clásico. Aunque no sea igual, siempre habrá patrones.
Pienso que el mito de Cupido tiene muchos elementos por explotar alrededor de la pasión, el deseo, el amor, el cariño y la confianza. Viendo al amor como algo transformador, algo que permite que cambies, que tu pareja cambie o incluso que tú mismo cambies por otra persona. El amor como la fertilidad, como lo irracional, como la lucha en el tiempo. Cupido nace en la mitología, en cuentos clásicos y, aunque se transforma, sigue siendo él. En esencia, siempre fue él, haciéndonos regresar al inicio.
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Expresiones que transcienden
El arte es una manera de contar la historia a través del tiempo, y Cupido no es la excepción. Conocer más sobre su interpretación desde una perspectiva artística no solo enriquece su trayectoria simbólica, sino que también revela el lado más humano del artista dentro del arte. Para profundizar en esta mirada, dialogamos con Santiago Ávila, artista visual y coordinador encargado del Centro de Arte Contemporáneo de Quito, quien impulsa proyectos enfocados en cultura y expresiones artísticas diversas, con el objetivo de conectar el arte contemporáneo con públicos, artistas y nuevos creadores.
—¿De qué manera la figura de Cupido ha influido en la idea del amor romántico e idealizado en la cultura occidental?
—Para pensar en la influencia de Cupido en las relaciones sexoafectivas y en la forma en que entendemos el amor en la cultura occidental, es necesario cuestionar si la matriz de pensamiento que habitamos —en este caso, en Ecuador— responde únicamente a esa representación del amor. Cupido es una figura con un amplio bagaje cultural que nos ha llegado, en gran medida, a través de la cultura popular, el cine y la industria del entretenimiento.
Vale la pena preguntarse si este ideal de amor romántico, respaldado por el símbolo de Cupido, es realmente lo que se espera de las relaciones humanas y afectivas. Cuestionar estos modelos resulta fundamental: pensar si el amor romántico es el único tipo de amor posible o si, por el contrario, es necesario abrir espacio a otras formas de vínculo y cuidado. Existen afectos que van más allá del amor único e idealizado y que también merecen reconocimiento, como la amistad, los lazos familiares o incluso el amor propio. Pienso que, más que seguir reforzando una idea idealizada del amor romántico, es importante reflexionar sobre cómo resignificar el amor hoy, integrando las diversas formas en las que se manifiesta en la vida cotidiana.

—Desde tu perspectiva, en el arte moderno y contemporáneo, ¿cómo se interpreta hoy a Cupido frente a conceptos como el amor comercial, digital o efímero?
—En el arte contemporáneo predomina una perspectiva crítica y reflexiva, ya que este busca hacernos pensar y sensibilizarnos frente a las urgencias de nuestro mundo. En ese sentido, no siempre existe una relación directa con la figura de Cupido, pero sí con los conceptos que lo rodean: el amor, los afectos, el cuidado y otras formas de amar.
Hay artistas que, por ejemplo, proponen que el amor no debe entenderse únicamente como una relación entre humanos, sino también entre humanos y no humanos. Pueden existir vínculos afectivos con la naturaleza, las montañas, los animales y otros seres vivos, lo que cuestiona la jerarquía que privilegia solo el amor entre personas.
Esta manera crítica de pensar los afectos va más allá de las nociones tradicionales asociadas a Cupido y se enfoca en imaginar el amor vinculado a la justicia. Incluso, puede entenderse el amor como un acto político capaz de transformar el mundo o de ayudarnos a imaginar sociedades más justas, sensibles, cuidadosas y, sobre todo, colectivas. No se trata de un amor que aparece y desaparece, sino de los afectos como fuerzas que nos atraviesan y están presentes en distintos ámbitos de la vida.
—¿Crees que Cupido sigue teniendo sentido como símbolo del amor o requiere una resignificación?
—Me parece que todos los símbolos y sus representaciones, como ocurre en el imaginario de Cupido, cobran sentido en la medida en que los pensamos críticamente y nos preguntamos qué lugar ocupan en nuestra vida. Es decir, qué tanto estos símbolos del amor nos ayudan a ser más conscientes de nuestras emociones, a explorarnos y a comprender quiénes somos y a quiénes amamos.
Desde esa perspectiva, el amor —o en este caso Cupido— no debería entenderse como un acto efímero, sino como un compromiso con la vida. No necesariamente con el amor romántico, sino con la posibilidad de poner la vida en el centro. Y poner la vida en el centro implica reconocerla desde la vulnerabilidad, desde la rabia, desde la justicia social, y reflexionar sobre cómo valoramos la vida más allá del ideal romántico.
Al hablar de Cupido, más allá de pensar en una resignificación, es importante preguntarse cuáles son otras formas de amar, de encontrarse, de dialogar y de generar afectos en el mundo actual. Tal vez, la visión tradicional de Cupido ya no alcance para abarcar todas las formas en las que hoy entendemos y vivimos el amor. Pero quizá esa respuesta deba descubrirla cada persona por sí misma.