Devotos que viven los milagros de Jesús del Gran Poder: descubra las historias de Diego Albán y Diana Simbaña, un Cucurucho y una Verónica que entregan su corazón a Dios.
Cada Viernes Santo —entre marzo y abril, dependiendo del calendario lunar— las calles del Centro Histórico de Quito se tiñen de morado. Más de 2 000 Cucuruchos y entre 150 y 200 Verónicas marcan, con su vestimenta y presencia, el inicio y el fin del recorrido. Como si fuesen ríos de gente, miles de personas los acompañan a lo largo de la ruta de la procesión de Jesús del Gran Poder. Desde 1961, esta procesión católica representa la pasión, muerte y sacrificio de Jesús en la cruz, un acto profundo y simbólico de penitencia y redención. Detrás de cada participante, hay una historia de fe. Así lo viven Diego Albán, devoto con más de 20 años como voluntario de la procesión, quien asegura haber encontrado a Dios en este camino; y Diana Simbaña, voluntaria que recuerda que la primera vez que vio la procesión sintió que Dios la llamaba.

Diego Albán con su traje de Cucurucho en el Convento de San Francisco en Quito.
“Yo no quería salir de cucurucho. Tenía 18 años y recuerdo que mi papá me insistió tanto que participé en la procesión. Desde esa vez, ya no salí de aquí nunca más. Hoy llevo 22 años siendo cucurucho”. –Diego Albán, voluntario
—¿Por qué es un cucurucho?, ¿qué representa en la procesión?
—El Cucurucho representa un acto de penitencia, eso significa para mí. Voy de Cucurucho por los pecados que llevo dentro, lo que me impulsa a hacer penitencia y a servir como voluntario. Con el tiempo, este personaje me permitió entender la tradición y la penitencia que se vive cada año y, por supuesto, amar al Jesús del Gran Poder.
—¿Cuándo y cómo empezó a participar en la procesión?
—Tenía 18 años y, aunque no quería salir de Cucurucho, lo hice por mi papá. Hoy tengo 40 años y llevo 22 haciéndolo. Además, es una tradición familiar: mi abuelo, mi papá, mis tíos, primos y hermanos también participan. Yo no vengo solo. Aquí conocí a Dios y la fe me ha impulsado a seguir. Esto es una parte de mi vida y lo equilibro con lo demás. Trabajo en la empresa eléctrica y, aunque no tengo hijos, siempre trato de inculcar a mis sobrinos lo que he aprendido de Dios. Para mí, ser voluntario es una forma de demostrarle cuánto lo quiero y agradecerle por lo que me ha dado. La Semana Santa la vivo como una época especial: además de entregarme a Jesús, puedo reunirme con mi familia y conversar de todas las experiencias que hemos tenido durante el año. Lo percibo como un espacio de encuentro.
—¿Cómo se prepara antes de la procesión y qué hace durante el recorrido?
—Desde el día antes de la procesión inicio un ayuno: no como ni tomo agua. Después de la procesión ya puedo comer y beber. Mientras avanzo por la ruta suelo orar y agradecer mucho a Dios porque estoy con vida. Recuerdo que la primera vez que salí en la procesión fue sin zapatos. Fue duro porque hacía mucho sol y el suelo me quemaba. Los siguientes años ya no fue difícil. Creo que el cuerpo se adapta…
—Después de todo este tiempo, ¿qué significa participar en la procesión?
—Hace dos años me operaron de un tumor en la cabeza. Me entregué tanto al Jesús del Gran Poder que la operación salió bien. Aunque me dijeron que no volvería a hablar, gracias a Jesús he vuelto a hablar y poco a poco voy mejorando. Siento que incluso después de mi cirugía me he unido más a Él. Y mientras esté vivo, seguiré agradeciéndole.
El grupo de voluntarios de Jesús del gran poder tiene más de 30 años de trayectoria. Quienes participan, lo hacen por entrega y vocación. Además, motivan a nuevos creyentes a vivir esta experiencia. “Los cucuruchos y las verónicas usan el mismo color morado. Van juntos porque los cucuruchos representan la penitencia y las Verónicas se unen a Jesús en su dolor”. –Diana Simbaña, voluntaria

Diana Simbaña con su vestimenta de Verónica en el Convento de San Francisco en Quito.
“Mi papá tenía el pronóstico para morir, pero nosotros orábamos todos los días. Por eso digo que Jesús del Gran Poder es tan milagroso. He vivido en carne propia su amor y su poder junto a mi familia”. –Diana Simbaña, voluntaria
—¿Por qué es una Verónica?, ¿cuál es su rol en la procesión?
—La Verónica es la mujer que rompe todas las barreras para acercarse a Jesús y limpiarle el rostro. Como agradecimiento, en su manto queda plasmado su rostro, un milagro que representa esperanza para todos. Las Verónicas acompañan a Jesús en su dolor y por eso suelen llorar. Recuerdo que desde que vi por primera vez la procesión de Jesús del Gran Poder, sentí que Dios me llamaba a participar. Desde hace cuatro años, junto a quien ahora es mi esposo, soy parte de los voluntarios. Representar a una Verónica es sentir un vínculo especial y único con Jesús.
—¿Quién es Diana fuera de la procesión?
—Tengo 31 años, soy arquitecta y, junto a mi esposo, tenemos un estudio de arquitectura y diseño. Llevamos una vida normal, con trabajo y responsabilidades, pero siempre tratamos de darnos tiempo para servir como voluntarios. Eso me hace feliz.
—¿Qué significa para usted participar en la procesión?
—Para mí tiene un significado muy profundo. Hace un tiempo vivimos un momento muy duro con mi papá: viajamos a San Andrés y allá sufrió una cetoacidosis diabética muy grave. Estuvo en coma y los médicos decían que no tenía posibilidades. Como familia orábamos todos los días y lo poníamos en manos de Jesús del Gran Poder. Contra todo pronóstico, se fue recuperando poco a poco. Para nosotros fue un verdadero milagro. Estar aquí, como voluntaria, es una forma de agradecer por la vida de mi papá y por todo lo que Dios hace.
Historias como las de Diego y Diana nos recuerdan que, detrás de cada Cucurucho y cada Verónica que camina en la procesión de Jesús del Gran Poder, hay promesas, agradecimientos y una fe ferviente que se renueva cada Viernes Santo.