Acompáñeme en un recorrido de 28 kilómetros hacia una mina de hielo en las faldas del Chimborazo. Un camino milenario usado por generaciones de hieleros que hoy es visto como un desafío por deportistas de montaña.
Hubo un tiempo donde el hielo fue un lujo. Los refrigeradores se popularizaron en los años 40 y 50. En Ecuador, para los años 60 la mayoría de las familias tenía uno en su hogar. Antes del refri, el hielo se compraba a los hieleros, hombres que subían a los glaciares para picarlo y bajarlo en bloques. Los Hieleros del Chimborazo -el más conocido Baltazar Ushca- son los mayores referentes de este oficio ancestral.

Baltazar Ushca falleció a los 80 años, después de una vida dedicada a ser hielero.
El volcán Chimborazo guarda una mina de hielo interminable en su interior. Los primeros habitantes de este territorio, los puruhaes, lo descubrieron. Antes de los incas, el pueblo trazó una ruta hacia el glaciar y transmitió el conocimiento del camino y del oficio generación tras generación. Una parte del camino está empedrado y toma alrededor de cuatro horas de caminata llegar a la mina.
Con la muerte del recordado Baltazar, de los hieleros solo queda uno: Juan Ushca, quien lleva el apellido de su suegro. Vive en la comunidad Cuatro Esquinas, desde donde se ve el volcán. Es risueño y de cabello corto, usa botas, poncho y sombrero. Está en el oficio desde los 15 años, y cuenta que antes, cuando era niño, había más hieleros, y que subían descalzos. Su burro, Luisito, también es joven, descansa en la subida porque en la bajada debe llevar alrededor de 60 kilos de hielo sobre su lomo.
Ser hielero es un trabajo extremo, muchos perdieron dedos a causa del frío. El propio Baltazar sufrió una fractura de tobillo luego de que un bloque de hielo cayera sobre él.

El trail running es un deporte que ha tomado fuerza en Ecuador debido a su diversidad de escenarios.
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Unas 500 personas esperan en la cancha de un estadio de la comunidad de Sanjapamba en Chimborazo. Soy uno de ellos y aguardo, con un poco de frío, la señal de inicio de una competencia de correr por la montaña. Son las siete de la mañana, está terminando de lloviznar y debería sentir nervios, ya que son 28 kilómetros.
Un animador, a través de un parlante gigante en medio de esta comunidad silenciosa, anuncia la salida. El grupo empieza a moverse y se dirige cuesta arriba, hacia el volcán. La música y las palabras de ánimo de los conocidos se van alejando, solo queda el sonido de los centenares de pisadas. Los más experimentados empiezan caminando. Dos kilómetros más adelante todos ya caminan, pues son casi ocho kilómetros de ascenso ininterrumpido.
Avanzo y la ruta deja de ser de tierra, camino a través de paja de páramo. Identifico que es la misma planta con la cual los hieleros fabrican cuerdas y envuelven los bloques de hielo que más tarde venderán. Atravieso dos retadoras lomas y como premio, el taita Chimborazo aparece despejado. Casi todos aprovechan para hacer fotos, pocas veces se tiene la oportunidad de contemplar lo imponente de este volcán.
Kilómetros más adelante una espesa neblina no permite ver más allá de tres metros. Pese a que mi cuerpo está en calor, siento frío. Noto que, hace algunos metros atrás el camino es de piedra. Me pregunto quiénes se dieron el trabajo de construirlo, qué tan antiguo es y cuántos se perdieron antes de él.
Es el kilómetro ocho y la mina de hielo está cerca. Reconozco el lugar por documentales donde se ve al último hielero llegar a un paisaje terroso, con neblina y con el camino empedrado. A diferencia de lo que se piensa, la mina no se encuentra donde empieza la nieve, está más abajo, cubierta de tierra que, al ser raspada, muestra un interminable tesoro.

La temperatura a esta altura del volcán ronda los 7°C y puede llegar hasta los 0°C.
La mina no es lugar para tantos, así que el ascenso termina y la ruta se desvía hacia abajo. Mi voz interna, acompañada de las externas, intuye que la parte dura terminó, que ahora viene lo fácil. El frío y la altura obligan a tomarse un respiro, a preparar las piernas y la mente para empezar a correr.
Empiezo a bajar a un ritmo moderado, está lleno de paja y no puedo ver bien donde piso, la única guía que tengo es el corredor de enfrente que avisa los desniveles con cada caída y tropiezo suyo. Lo que sí veo es hielo granizado sobre la planta de paja. Tomo un puñado para la sed y de inmediato mi cuerpo se aclimata.
Durante el trayecto hay cuatro puntos de abastecimiento. Llego al último, en el kilómetro 17, agarró fruta y galletas para recargar bien los niveles de azúcar; cambio mis medias por unas secas y me preparo para el hecho de que faltan más kilómetros. Son las 11 de la mañana, el cielo despejado permite un sol fuerte y las piernas comienzan a doler.
El descenso deja de sentirse inclinado y se convierte en uno plano con lomas pronunciadas. El camino atraviesa una comunidad de pocas personas y grandes terrenos con alambres de púas y sembríos. Un hombre que se lo ve entrando a la vejez, contempla de pie el horizonte mientras su burro descansa; más adelante, una joven va escuchando Soda Stereo y parece que prefiere ignorar que una competencia pasa afuera de su casa; en la cima de una loma un chico con su burro anuncia de buena voluntad que a partir de ahí: el camino es solo de bajada.
La paja de páramo funciona como un aislante que impide el paso del aire, provocando que mantenga el frío o el calor en el interior. Es perfecta para trasladar el hielo y para construir casas en esta región.

El Rompenuncas es una bebida que combina grandes pedazos de hielo con un zumo de fruta.
Llego al kilómetro 20 y mi cuerpo da señales de que no puede más. La espalda baja duele, las piernas pesan y los pies queman cuando decido acelerar el paso. Alrededor nadie corre, pocos trotan y la mayoría camina. A un competidor le aconsejan reventarse las ampollas de los pies y a otro le asisten con una pastilla de sal luego de vomitar. No puedo evitar compararme, aunque cansado, no estoy enfermo ni lastimado. Entiendo que, a partir de aquí, el esfuerzo es mental.
Comienzo a trotar y las rodillas también molestan. El camino de bajada es más inclinado y la gravedad me obliga a acelerar. A medida que avanzo, los paisajes cambian de un kilómetro a otro hasta llegar a un bosque húmedo. Escucho el ruido del estadio cerca, me emociono y acelero más. Llego a un barrio de piedra y adoquín con gente a los costados que no se cansa de animar. Atravieso ambulancias, patrulleros, vendedores y la algarabía del lugar. Entro al estadio, veo la meta y me pregunto qué más puedo lograr.
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De regreso al negocio del hielo: Juan se ha convertido en el nuevo último hielero y cuenta que sube dos veces por semana. Los bloques helados -envueltos en paja- los entierra en el patio de su casa. La fama heredada de su suegro provoca que ahora muchos vayan a su hogar a buscar el hielo, así el otro trabajo de salir a venderlo es menos. Sus clientes más cercanos son los puestos de jugo en el mercado de La Merced en Riobamba. Con el hielo preparan una bebida bautizada como Rompenucas por su capacidad de congelar el cerebro. Esa es otra forma de visitar una mina de hielo.