miércoles 18 de febrero de 2026

Responsabilidad afectiva para vínculos sanos

Responsabilidad afectiva para vínculos sanos

Responsabilidad afectiva para vínculos sanos

Transforme sus relaciones personales desde la responsabilidad afectiva. Aprenda qué implica, cómo aplicarla y qué aspectos reconocer. 

En los espacios terapéuticos uno de los procesos que más se trabajan es la responsabilidad afectiva. Actualmente, el mundo nos invita a la competencia, donde el éxito económico y social suele ser el principal objetivo. En este contexto, sobresalir muchas veces implica “pasar por encima del otro”, lo que promueve el individualismo, por lo que hablar de responsabilidad afectiva puede parecer desubicado. No obstante, ser responsables afectivamente es esencial para fortalecer la salud mental y relacional. Por ello, es clave comprender qué implica este concepto y cómo podemos construir relaciones sostenibles y afectivamente responsables. 




Responsabilidad afectiva vs. Responsabilidad emocional 

Es común creer que la responsabilidad afectiva y la responsabilidad emocional son lo mismo, pero existe una diferencia sutil entre ambas.

La responsabilidad emocional es la capacidad individual de hacerse cargo de las propias emociones —“lo que siento”— y de las acciones y palabras que estás implican —“cómo lo gestiono”—. En cambio, la responsabilidad afectiva se enfoca en el impacto que nuestras emociones, acciones y palabras tienen en el otro, es decir, en el vínculo. 

Tanto la responsabilidad emocional como la afectiva forman parte de lo que, en psicoterapia, se conoce como ética relacional.

¿Sabía qué? 

El término “responsabilidad afectiva” surge en la década de los años 80 como un elemento clave para analizar las relaciones de pareja abiertas y poliamorosas desde una perspectiva del cuidado emocional. Parte de la idea de que la libertad de vincularse no exime del deber de cuidar las emociones de las personas involucradas.

A partir de esta propuesta, y con aportes desde la psicoterapia y el feminismo, el concepto comenzó a ampliarse para abarcar todo tipo de relaciones. Así, se centró en la responsabilidad ética del cuidado y la comunicación honesta en los vínculos, poniendo en el centro la ética relacional como base para sostener relaciones saludables.

¿Qué implica la responsabilidad afectiva? 

Implica ser conscientes de lo que sentimos, decimos o hacemos y, sobre todo, del impacto que estos actos, palabras o sentimientos tienen en los demás. Asimismo, supone reconocer que la persona con quien nos vinculamos también tiene emociones, y que sus palabras y acciones influyen en nosotros. 

En esencia, se trata de poner en práctica una combinación clave: reconocer al otro con sus necesidades y expectativas, sin dejar de considerar las propias.

La empatía como un factor elemental

La responsabilidad afectiva no es sinónimo de empatía, aunque esta es necesaria para ejercerla. Reconocer al otro, su contexto y valorarlo es fundamental; sin embargo, también implica mantener una distancia saludable que permita identificar las propias circunstancias y necesidades. De este modo, se evita el desgaste que puede producir una relación basada únicamente en la entrega, que a largo plazo resulta irrespetuosa y agotadora.

La responsabilidad afectiva aplica en todas las relaciones

Aunque el término surge en las relaciones de pareja, esta debe estar presente en todo tipo de vínculos.

  • En el ámbito familiar, practicarla fortalece la confianza, el respeto mutuo y la autonomía. Suele faltar cuando padres y madres creen que el lazo familiar les da permiso para invadir la privacidad de sus hijos, decidir por ellos o imponer lo que consideran correcto para su vida. Del mismo modo, hijos e hijas de padres adultos mayores actúan sin responsabilidad afectiva cuando toman decisiones por ellos sin considerar su opinión, contexto o situación.
  • En las relaciones sociales y de amistad, la responsabilidad afectiva favorece el bienestar y la sostenibilidad del vínculo. Implica apertura para apoyar, mantener un diálogo honesto, reconocer los errores, respetar la individualidad y expresar la necesidad de cercanía o de espacio.
  • En el ámbito laboral, donde se comparten muchas horas y relaciones diversas, la responsabilidad afectiva es clave para mantener vínculos saludables. La empatía, la asertividad y el respeto por los límites propios y ajenos son fundamentales.




Prácticas que no son afectivamente responsables

Cada vez es más común identificar formas de relacionarse que evidencian una baja responsabilidad afectiva. Entre las más frecuentes se encuentran:

Evitación y desaparición

Cada vez más conocidas y frecuentes en el mundo contemporáneo. Las más recurrentes en la consulta terapéutica son:

  1. Ghosting: cortar todo contacto de forma repentina y sin explicación.
  2. Breadcrumbing (migajas): enviar señales mínimas de atención de manera intermitente para mantener a la otra persona “enganchada”.
  3. Benching (banquillo): mantener a alguien como segunda opción, recurriendo a la persona solo cuando otros planes fallan.
  4. Orbiting: no sostener un contacto directo, pero permanecer presente únicamente a través de interacciones en redes sociales, como “likes” o visualizaciones.


Manipulación o descalificación

Estas llevan a la otra persona a dudar de sí misma o sentirse culpable:

  1. Gaslighting: hacer que el otro dude de su memoria, percepción o cordura.
  2. Invalidación emocional: minimizar o deslegitimar lo que el otro siente.
  3. Love bombing: inundar a la persona con muestras intensas de afecto al inicio y retirarlas de golpe.


Otras formas de irresponsabilidad afectiva incluyen la ambigüedad emocional, la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace, cambiar las reglas de la relación de manera unilateral, no respetar acuerdos, aplicar la “ley del hielo” o justificar conductas dañinas con frases como: “yo soy así, así me conociste y, si no te gusta, es tu problema”.




Cómo saber si tiene responsabilidad afectiva 

Estos elementos pueden guiar el ejercicio de la responsabilidad afectiva para identificar si la está aplicando en sus relaciones:

  • Mantiene una comunicación clara, honesta y asertiva.
  • Escucha de forma activa y plena.
  • Pone y respeta límites en cada relación. 
  • Está abierto a construir y coordinar acuerdos en conjunto.
  • Reconoce los errores y se responsabiliza de sus actos.
  • Valida y respeta las diferencias de la otra persona.
  • Cuida al otro y a sí mismo (cuidado mutuo).
  • Asume las consecuencias de las decisiones, palabras y actos.
  • Valora, reconoce, cuida y legitima las relaciones.
  • Honra las relaciones, jugando limpio.


Cuidar cómo nos vinculamos es una decisión diaria que impacta en nuestro bienestar y en el de quienes nos rodean. La responsabilidad afectiva no busca vínculos perfectos, sino relaciones más conscientes, respetuosas y humanas.

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Maritza Crespo, M.A. y Diego Tapia Figueroa Ph.D.

Psicólogos Clínicos
098 706 2628

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