Guaranda se transforma cada febrero en una fiesta donde la historia, la copla y el agua se mezclan para celebrar la vida. Conozca una tradición que habita en el corazón de los Andes.
El primer baldazo no avisa. Llega directo al pecho, frío y preciso, como una bienvenida sin protocolo. En Guaranda, el carnaval no se mira, se vive. El agua corre por las calles y la espuma cubre los cuerpos, las sonrisas. En la plaza, alguien canta una copla improvisada, otro golpea un tambor y un tercero afina su guitarra. Nadie parece tener prisa. Aquí, mojarse es parte del acuerdo.
Desde temprano, la ciudad despierta con olor a cerdo chamuscado, a mote recién cocido, a chicha fermentada. Guaranda entra en el carnaval con ollas, maíz y manjares andinos sobre la mesa.

Una fiesta que no tiene fecha de nacimiento
Intentar fijar el origen exacto del Carnaval de Guaranda es, de entrada, un ejercicio inexacto. “No puede ubicarse en una fecha específica”, explica el historiador Alejandro López. Lo que hoy conocemos como el movimiento contemporáneo del carnaval podría situarse en la década de los setenta, a partir de los estudios que respaldaron su declaratoria como Patrimonio Cultural Inmaterial del Ecuador. Pero la fiesta viene de mucho antes.
Antes de los desfiles, de las reinas, de los escenarios, el carnaval era una celebración agraria: un agradecimiento por la cosecha, un rito de paso entre épocas, una afirmación de la abundancia. Luego llegó el mestizaje. A esas raíces se sumó la tradición católica, el juego previo a la cuaresma, el permiso simbólico para el desorden antes del recogimiento.
Por eso el Carnaval de Guaranda —como tantos otros en el país— es mestizo. Bebe de lo indígena y de lo católico, de la tierra y del rito, del alimento y de la burla. “El carnaval también es eso”, dice López, “un espacio donde la risa, el juego y la sátira tienen sentido”.
Y Guaranda encontró su forma de decirlo: en el poncho rojo, en los enmascarados, en las coplas que se cantan mientras se baila y se moja al otro sin pedir permiso.

El Taita, las coplas y la gana de mojar
Si hay una figura que resume el espíritu de esta fiesta es el Taita Carnaval. Taita como padre, como autoridad simbólica, como guía festivo. No manda: acompaña. Representa la alegría, la abundancia, el permiso colectivo para salir de la rutina.
Las coplas hacen lo demás. Surgen sin esfuerzo aparente, como si siempre hubieran estado ahí, esperando una voz. Hablan de amor, de vecinos, de comida, de penas y carcajadas. En español y en quichua. En la ciudad y en los páramos. Como escribió Laura Hidalgo Alzamora, da la impresión de que no es el pueblo quien las compone, sino que las coplas caminan solas por Guaranda buscando labios que las canten.
Aquí, el maíz también canta. Se lo come tierno o seco, en mote, en chigüiles, en humitas, en chicha de jora. Se lo transforma en harina para blanquear rostros y risas. El carnaval se juega con agua, sí, pero también con comida, con tiempo, con generosidad.

La fiesta que se organiza para no romperse
Detrás del caos alegre hay meses de planificación. Rodrigo Benavidez, coordinador del Comité Organizador del Carnaval, lo dice sin rodeos: “En Guaranda, si no nos mojamos, no es carnaval”. Pero mojarse no significa improvisar.
Este año, el comité recibió la inscripción de más de 150 danzas, de las cuales solo 25 fueron seleccionadas. Llegan delegaciones de Cotopaxi, Tungurahua, Chimborazo, Pastaza y Napo. La ciudad se prepara para recibirlas, para darles un escenario.
“El Carnaval es la fiesta que más nos une en el año”, afirma Benavidez. No es solo un evento popular, es un punto de encuentro comunitario. Por eso, además del desfile, están los carnavales: infantil, institucional, universitario e indígena. Esta es la razón por la que la fiesta empieza antes y termina después del calendario oficial.
La consigna es clara: disfrutar, compartir, cuidar. “Queremos que todos vivan el carnaval de manera segura y cómoda”, repite el comité que espera una ciudad llena de visitantes, de espuma y de música.

La mirada del que llega por primera vez
Para Leonardo Monterio, creador de contenido de viajes, Guaranda no se parece a ningún otro carnaval que haya visto. “Las familias se reúnen a hacer lo mismo que en la plaza: eligen a su taita, a su reina”, cuenta. No es un espectáculo montado para el turista: es una celebración que se repite generación tras generación.
Lo que más le impresionó no fue el agua ni la música, sino la forma en que la gente vive la fiesta como algo propio. Como una herencia que no se cuestiona, solo se practica. Aquí, quien llega y se moja —por dentro y por fuera— deja de ser visitante. Se vuelve, aunque sea por unos días, guarandeño de corazón.
Cuando la fiesta vuelve a empezar
El martes termina el carnaval urbano. El miércoles de ceniza marca otro ritmo. En las comunidades indígenas, la celebración continúa. El ciclo no se rompe: se transforma. Como el mito del eterno retorno, el carnaval nace, se intensifica, muere y vuelve a nacer cada año.
Guaranda queda mojada, cansada y feliz. Las calles recuperan el silencio de a poco. Pero algo queda flotando en el aire, como una copla que aún no encuentra voz. La certeza de que, cuando vuelva el agua, la ciudad estará lista otra vez.