Cada marzo, un fenómeno natural marca el inicio del calendario andino. La Tierra abre un nuevo ciclo que, al observarlo con atención, permite comprender la vida, no solo el paso del tiempo.
El Pawkar Raymi —fiesta del florecimiento, en quichua— es una celebración de los pueblos andinos que interpreta el equinoccio de marzo, momento en el que el sol ilumina por igual ambos hemisferios del planeta, como el inicio de un nuevo ciclo. Este renacer se manifiesta en la tierra con la aparición de las primeras flores y de los primeros granos que servirán de alimento. La festividad honra y agradece esa abundancia.
El equinoccio ocurre entre el 20 y 21 de marzo; este año se dará el día 20. Se trata de un «fenómeno astral muy relevante», explica Bolívar Yantalema, matemático e investigador cultural que ha estudiado este acontecimiento desde la visión Puruhá, en Chimborazo. «Por fracciones de segundo, el sol se refleja sobre el centro de la Tierra. A las 12:12 se anula la sombra, se produce el sol recto», describe.
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«Nuestros antepasados captaban los rayos del equinoccio en cuencos para encender el Fuego Nuevo. Con él cocinaban los granos tiernos para compartirlos y conservaban el fuego hasta el siguiente año.»
— Bolívar Yantalema, investigador cultural

Un nuevo año
El calendario chino inicia su año en febrero con la luna nueva; el gregoriano —el más extendido en el mundo— celebra el 1 de enero el cierre de una vuelta completa de la Tierra alrededor del sol. Ambas fechas simbolizan un reinicio y un tiempo de reflexión.
El Pawkar Raymi, en cambio, celebra el equilibrio solar: el día y la noche duran doce horas, mientras en el norte comienza la primavera y en el sur el otoño. En el centro del mundo, este momento coincide con la floración.
Desde la ciencia, el ingeniero agrónomo Fabricio Verdezoto explica que florecer es una etapa decisiva: «La floración marca la transición entre crecimiento y reproducción; la flor fecundada dará origen a un fruto». Para que esto ocurra, aclara, la planta depende de múltiples factores: «No hay flor sin sol, agua, suelo fértil ni polinizadores. Nada florece de manera aislada».
«La Tierra nos marca un ritmo al que nos adaptamos», reflexiona Verdezoto. «La floración llega tras un tiempo de preparación invisible». Esta lógica, añade, también dialoga con la experiencia humana: «Habla de paciencia, de procesos y de entender que el tiempo no solo pasa, sino que pasa con resultados».

A diferencia de la visión occidental lineal, la cosmovisión andina concibe la vida como un ciclo continuo: renacer en el Kapak Raymi (diciembre), florecer en el Pawkar Raymi (marzo), madurar con el Inti Raymi(junio) y descansar y preparar durante el Kulla Raymi (septiembre). Cada Raymi responde a un fenómeno astronómico y a una transformación visible en la naturaleza.
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«Los polinizadores son claves para la floración. En la vida, ningún logro es completamente individual.»
— Fabricio Verdezoto, agrónomo
Tiempo para pedir consejos
La ceremonia del Pawkar Raymi integra música, danza y alimentos frescos. Según Yantalema, las ondas sonoras cumplen una función revitalizante, mientras la presencia de frutas y granos tiernos invita al compartir comunitario. Es también un tiempo para reencontrarse con la familia y pedir consejo a los mayores sabios.
«Cuando hay desequilibrio, este es el momento de acudir a los sabios, incluidos el Taita Inti (sol) y la Allpa Mama (tierra), para rectificar nuestras conductas y poner orden en la vida», explica.
Desde lenguajes distintos, ciencia y saber ancestral coinciden. «La luz solar permite la fotosíntesis y regula los procesos internos de las plantas», señala Verdezoto. «Es otra forma de nombrar lo mismo: la vida está sincronizada con la energía del sol». Y, por extensión, también la nuestra.

Ecuador, corazón de la celebración
Aunque el equinoccio es un fenómeno global, la cordillera de los Andes es uno de sus escenarios simbólicos más relevantes. En Argentina y Chile, comunidades diaguitas y collas bendicen los frutos; en Bolivia, los aimaras realizan rituales de purificación; en Perú, la festividad se asocia a la gratitud por las primeras cosechas. En Ecuador, su ubicación en la mitad del mundo convierte al Pawkar Raymi en una celebración que moviliza a provincias enteras.
En Imbabura: Otavalo, Peguche y Agato concentran los rituales más conocidos. En Pichincha: comunidades indígenas se congregan en el Parque del Arbolito. En Loja: el pueblo Saraguro celebra con danzas y comida comunitaria.
La migración ha llevado esta tradición más allá de los Andes. En España, Estados Unidos y varios países de Europa, colectivos andinos organizan ceremonias que buscan mantener viva su cosmovisión.
La floración puede leerse como una metáfora de la vida humana: el momento de mostrarse, de actuar, de confiar en los procesos. Con la energía del sol, el sostén de la tierra y la guía de quienes nos anteceden, el sentido es el mismo en cualquier lugar del mundo: florecer. Y si la naturaleza lo hace cada año, quizá sea un buen momento para hacerlo nosotros también.